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(Analogía entre dos “naciones de actual espectáculo” y la organización)
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Por: Camilo Arango B.
- La verdad es que Colombia no merece el presidente que tiene. Álvaro Uribe es un mentiroso.
- La verdad, presidente Chávez es que [… usted es] un legitimador de las aspiraciones de un gobierno terrorista.
Traicionando la total textualidad de las palabras “sabias” de estos dos mandatarios, a mi juicio, la verdad es que ninguno me está representando. Me “curo en salud” porque no quiero caer en el juego mediático y polarizador para el que la televisión de ambos países –hermanos bolivarianos por excelencia- está prestando el tablero, con fichas y todo. Ante una pelea de párvulos gobernantes, los dueños del poder –delante del velo: los medios- preguntan aquí y allá “¿usted qué piensa de la tensión entre Colombia y Venezuela?”.
A las respuestas del pueblo escuchaba los hijueputazos y los “eeeso” de mi mamá, quien es una partícula de peón en este ajedrez de tricolor compartido. Así, me vi solo y sin la posibilidad de cubrir ni a mis seres queridos (porque cayeron en el juego); por esto debo decir, ante la traba de cambiarles la mentalidad, “a mí que no me metan.” Porque la ley de Chávez y el paternalismo de Uribe (-es como nuestro papá-, decía una innombrable) impulsan una tendencia genuflexa, un establecimiento del orden que cada uno asume impostar “para el bien” de sus (sus, o sea “de ellos”) naciones; y como es una mayoría la que come cuento llenando de sentido todo delirio de estos caudillos, la tendencia de estos órdenes ideológicos van hacia lo cosmogónico… de lo taxativo a lo cosmogónico.
Entonces, las palabras “sabias” se hacen naturales y representativas de dos naciones, de dos configuraciones culturales que ahora se quieren poner a pelear por un altercado más de niñas que de mandatarios. Sus ideas, escupidas casi siempre de ácido populista, se imponen y trascienden en ideologías, institucionalizadas de dos de las tres formas posibles: por un lado, la fuerza del espíritu bolivariano; por el otro, la manipulación hecha carnita y huesitos. La otra manera, la que está ausente y en tal condición ha de permanecer durante unos años de reelección más, la legitimidad.
Dos de los de arriba manejan los intereses y el devenir de una nación entera; he allí la prostitución de la metáfora de “nación” que, como la de las organizaciones –el tema que debería satisfacer este escrito-, su “noción integradora se diluye […], pierde legitimidad y no conduce a la acción” (Múnera, 77), entendiendo este verbo como la unión de actividades en aras de la consecución de un objetivo de bienestar común, cuando menos compartido a tientas. Tomando prestadas las palabras del profesor Schvarstein, en esta analogía entre la nación espectacularizada y la organización, se “configura un espacio de lucha por la asignación de significados, donde triunfan quienes tienen el poder de imponer los suyos por sobre los de los demás participantes”; esto es, el triunfo de los gerentes o administradores de ambos países-cosa, que no gobernantes personas, de acuerdo con la diferenciación conceptual del profesor Múnera (Ver cuadro 2, página 128. La idea de organización. Una concepción amplia para una acción efectiva. Comunicacción S.A. Medellín, 2007).
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